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Las Asambleas barriales
Con información de Rebelión
www.rebelion.org
La irrupción del pueblo en las calles el 19-20 de diciembre
de 2001 no quedó en eso. No fue un hecho masivo pero aislado,
sin mayores consecuencias. Todo lo contrario. A partir de ese momento
todos los barrios de Buenos Aires, del Gran Buenos Aires y otras
ciudades comenzaron a movilizarse, a reunirse, a debatir. Nacen
las "asambleas barriales", un hecho inédito en
la historia de los movimientos populares, y que hoy en día
se extienden a lo largo y ancho de las urbes argentinas.
Nacen éstas desde el fondo de las reivindicaciones, broncas
y reclamos insatisfechos. Los vecinos, desempleados, amas de casa,
maestras, psicólogas, plomero, profesores se "encuentran"
en una ciudad donde nadie "se encontraba", donde cada
uno era para sí y nadie para todos. Se rompe la atomización
, los barrios comienzan a adquirir personalidad propia.
Tras varios meses de intensa actividad, en abril de 2002 un organismo
creado por las asambleas barriales hacía el recuento de los
"cacerolazos" que se habían realizado. A finales
de diciembre de 2001 fueron 66 por día; en enero de 2002,
22; en febrero, 11, y en marzo 4 "cacerolazos" diarios.
Estas cifras evidenciaron que las asambleas, protagonistas principales
de este tipo de acciones, habían ido cambiando no sólo
de métodos sino de orientación para su actividad:
se volvían hacia su base territorial, hacían el aprendizaje
de las necesidades de los vecinos e intentaban idear y concretar
soluciones. Estas nuevas respuestas no sólo encaraban el
problema inmediato de la alimentación sino que se extendían
a áreas sensibles como las de la salud y la educación,
procurando que los sistemas existentes no se terminaran de caer
en pedazos e intentando aportar nuevas ideas para su reconstrucción.
Más allá de esto, en pocos meses las asambleas pusieron
en marcha miles de pequeñas iniciativas de tipo cultural
(festivales, talleres artísticos y literarios, revistas y
boletines, jornadas abiertas de debate de los problemas nacionales)
signadas todas por el intento de reinstalar los valores solidarios.
Lo que estratégicamente puede ser aún más interesante
es la discusión -e instrumentación en algunos casos-
de emprendimientos productivos colectivos, algunos de índole
autoeducativa (como pueden ser las huertas orgánicas) y otros
pocos en los que se generan productos comercializables, dando trabajo
a algunos desocupados de la zona. En aquel entonces funcionaban
cerca de 300 asambleas en todo el país, situándose
el 75% de ellas entre Buenos Aires capital y los suburbios.
El principio de las asambleas es tumultuoso, las intervenciones
son dispares, muchas veces sin conexión entre ellas. Fácilmente
se pasa de reivindicaciones barriales, de la exposición de
necesidades apremiantes de algunos vecinos, a las arengas encendidas
que delatan la intervención de algún militante de
grupos de izquierda a los que sorprendió, como a todos, el
fenómeno y vieron luego la posibilidad de intervenir.
Hubo si una primera etapa de tanteos, de marcha sin rumbos definidos,
sin saber como hacer. Pero a todas las caracterizó desde
un primer momento la radicalidad de los reclamos, el rechazo visceral
a la política tradicional, expresada enseguida en el "que
se vayan todos, que no quede ni uno solo", en la horizontalidad
en las decisiones, es decir, la democracia directa. Es un hecho
que el movimiento, en lo sustancial, vino de abajo, se gestó
de abajo.
En esencia, se trata de la multiplicación de pequeños
grupos de redes existenciales. El poder esta constituido por las
relaciones sociales, lo cual significa que se construye. Construir
nuevas relaciones sociales es construir poder, nuevo poder. Es evidente
que sólo se puede hacer desde lo pequeño a lo grande,
desde los espacios de micropoder hasta edificar el macropoder, desde
la base hacia la cima, pero no en forma lineal. La cima existe,
actúa y lo hace de una manera persistente, y muchas veces
brutal. Las asambleas barriales son mecanismos indispensables para
la construcción de poder popular, y son a la vez un enlace
hacia nuevas etapas de la rebelión, que exigirán abrir
el espacio, el macroespacio, para lo cual se necesitarán
estructuras, instrumentos políticos nuevos.
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